Saltar
la rayuela les proporcionaba esa felicidad que andaban buscando cuando
jugaban al escondite con los días futuros. Cruzaban las líneas rápido
pero con minucioso cariño, intentando conservar en sus pies descalzos el
sabor de la tierra en ese instante, que tenía una textura parecida a
aquella en la que coincidían en una línea de Cortázar.
Dejó de pensar por un momento -o eso pensó- y miró la Rayuela del patio. Uno, dos, tres... dejó de contar. Llenó de té el vaso y suspiró no tanto por la ausencia sino por la consciencia de saber que querer sin futuro era siempre como saltar los cinco primeros números, sabiendo que era un reto, pero que si se alcanzaba se podría logar la calma, aunque solo se sostuviera sobre un pie.
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