Morder uñas, pellizcar cristales, arañar sábanas, hacer temblar los huesos, masticar arena,doblar labios, arrastrar razones y perder miradas.
Escozor en el estómago, tiroteo en el corazón. Un par de sentimientos han sido detenidos y esta noche dormirán en chirona, al parecer son reincidentes, a ver quien soluciona este estropicio. Superman no existe ni aquí, ni en Japón y nadie vuela más alto que ese cochete que se disolvió en mitad del universo, tal vez tú tampoco, tal vez escueza demasiado el intestino.
jueves, 14 de julio de 2011
miércoles, 6 de julio de 2011
La última ola
Detestaba el futuro, prefería no decir promesas, ni hacer planes porque cada día quemaba un ojalá con las cenizas de sus cigarrillos y miraba después con aire distraído las volutas que se llevaban sus sueños, que arrastraban a la noche sus anhelos, marchitos como aquellas rosas que hace ya tiempo había despinado y todo se quedaba en eso, en viento.
Deseaba, quería, le gustaría, por qué no, no estaría mal... ilusiones de collares de conchas de playas a las que nunca llegaba la última ola. Menos mal, aunque cuando había creído en el agua potática siempre había estado dispuesta a encontrar la última ola, se alegraba de que nunca hubiera llegado. En el fondo, sabía que todo era una espera, una constante incertidumbre que le mantenía con las ganas suficientes de enfrentarse a la inmensidad del mar, esperando aquella ola, mientras que miles de cocnahs cubrían sus pies y la arena le rozaba los hombros y le producía aquellas suaves cosquillas.
Sabía que quería una ola, sabía que algún día se entregaría a ella aunque fuera su constante inestabilidad, su péndulo vital, no sería la última pero serían como las olas de su cabello.
Y mientras vivía en un presente continuo con un futuro implacable y un pasado que no se había detenido.
Deseaba, quería, le gustaría, por qué no, no estaría mal... ilusiones de collares de conchas de playas a las que nunca llegaba la última ola. Menos mal, aunque cuando había creído en el agua potática siempre había estado dispuesta a encontrar la última ola, se alegraba de que nunca hubiera llegado. En el fondo, sabía que todo era una espera, una constante incertidumbre que le mantenía con las ganas suficientes de enfrentarse a la inmensidad del mar, esperando aquella ola, mientras que miles de cocnahs cubrían sus pies y la arena le rozaba los hombros y le producía aquellas suaves cosquillas.
Sabía que quería una ola, sabía que algún día se entregaría a ella aunque fuera su constante inestabilidad, su péndulo vital, no sería la última pero serían como las olas de su cabello.
Y mientras vivía en un presente continuo con un futuro implacable y un pasado que no se había detenido.
Almohada
Podríamos dormir en una almohada, prescindir del colchón y hundir nuestro cuerpo en la estrechez delgada, ajustando la verticalidad de nuestro tronco, sacando los pies de la acolchada espuma y debatirnos en el vacío.
Y así dormimos con la ausencia de la habitación abandonada, del colchón que tantas pasiones habrá sopesado, sin las sábanas que cubrieron resfriados y dolores de estómago de noches amarradas a nudos que nunca supimos cortar.
El vacío de la estrechez, la constante sensación de caída y la comodidad de tener el cuerpo sujeto a la espuma.
Una almohada para salvar la ausencia de los kilómetros, del tiempo, un palacio donde hundir la cabeza y habitar en la oscuridad siempre vacilante de esta inestabilidad tan plácida.
Y así dormimos con la ausencia de la habitación abandonada, del colchón que tantas pasiones habrá sopesado, sin las sábanas que cubrieron resfriados y dolores de estómago de noches amarradas a nudos que nunca supimos cortar.
El vacío de la estrechez, la constante sensación de caída y la comodidad de tener el cuerpo sujeto a la espuma.
Una almohada para salvar la ausencia de los kilómetros, del tiempo, un palacio donde hundir la cabeza y habitar en la oscuridad siempre vacilante de esta inestabilidad tan plácida.
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...miraremos lejos