Podríamos dormir en una almohada, prescindir del colchón y hundir nuestro cuerpo en la estrechez delgada, ajustando la verticalidad de nuestro tronco, sacando los pies de la acolchada espuma y debatirnos en el vacío.
Y así dormimos con la ausencia de la habitación abandonada, del colchón que tantas pasiones habrá sopesado, sin las sábanas que cubrieron resfriados y dolores de estómago de noches amarradas a nudos que nunca supimos cortar.
El vacío de la estrechez, la constante sensación de caída y la comodidad de tener el cuerpo sujeto a la espuma.
Una almohada para salvar la ausencia de los kilómetros, del tiempo, un palacio donde hundir la cabeza y habitar en la oscuridad siempre vacilante de esta inestabilidad tan plácida.
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