A racimos viene esta jaula de grillos tóxicos. En mordiscos de rencor oxidado que contagian la rabia que se cura, momentáneamente, con portazos y encierros en los socorridos lugares de huida que alguna vez también fueron la cárcel de alguien. Vamos a hurgar siempre en las mismas carencias. Puro egoísmo de esta sangre incomprensiva y de estos ojos que no ven más que enemigos en territorio de bandera blanca, a dónde vamos a enterrar nuestras rutinas si ya sabemos que lo único que las puede salvar es el silencio de ignorarnos.
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