A todos mis fines del mundo, le dedico mis días ilusos, mis noches de sucedáneos.
¿Viste? Soy la mano pasando por la barandilla del presente y clavándome la astilla, estas escaleras remordidas no llevan a ninguna parte, por eso aquella vieja se bajó de su furgoneta y le dijo al stripper que cuando el presente no era tu sitio tenías que ampararte en el pasado o proyectarte al futuro, y que cuando tuvieras un gran día, te aferraras a él, lo mordieras o lo pintaras. Y yo tuve esos días, y a veces a mí se me ocurrió pintar el cielo de una ciudad que ya se cobijaba en el suyo propio, pero yo tenía pinturas y aquella ciudad era arte. En alguna esquina sin testigo, se quedaron aquellos dibujos de poemas llenos, tuvimos la cobardía de perderlos y la valentía de no volver a buscarlos. La valentía, dicen, de sonreír, como si la comodidad solo fuera eso, y el girar la boca al suelo y derramar el corazón por los ojos, no fuera parte de la felicidad.
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