Tendría que haberse echado otro gintonic. Joder, no había quien conciliara el sueño con tanta sobriedad. Y no era su propia sobriedad, era la del ambiente, la de ese seco julio que ya empapaba de deslizante sudor las sienes. Sienes, le recordaba a senos, pero, por supuesto, la primera palabra no le gustaba tanto. Prefería pensar en el sudor deslizándose por los senos de una mujer, pero tenía que hacer un esfuerzo de imaginación más que de la memoria, porque apenas tenía recuerdos de esa imagen. Era bonita, sin duda, sensualmente provocadora en esa noche tan áspera. Sin embargo, de repente llegó el relámpago, la luz del pretérito acosándole entre las sienes, y no, no tenía nada que ver con el sudor. Era la luz de un perfume, de un instante que creía evaporado entre los surcos de las vacilantes estaciones de los años pasados sin prisa pero sin pausa, perdido ya en las profundidades de otras bocas más ardientes, de otros labios que habían trazado distintos caminos por su piel.... y sin embargo, de ellas, de las otras, de las volátiles aunque duraderas, incluso muy duraderas y con afán de futuro algunas, de ellas no recordaba ese instante en el que el deseo se vuelve líquido en los pechos de una mujer, en el que la pasión se derrama con la ferocidad de un torrente bajando por la ladera en plena tormenta. Pero de ella, de aquel nombre en cuyas inmediaciones había creído caer al abismo, sí se acordaba, y con mucha más nitidez de la que creía, de la que le gustaría, con una nitidez que le erizó la piel más que el poder de su imaginación. Joder, ahora le dolía la cabeza y, era por ese relámpago de pasado. Alguien, un buen amigo, sin duda, le había dicho que era un exigente, que ese era su maldito problema, que qué le costaría contentarse con lo que había y dejarse ya de esperar a la plenitud, de querer recuperar aquel éxtasis del que hablaba en susurros cuando estaban borrachos. Que la vida no iba de eso, por dios, que la vida eran pequeños instantes, y que se sintiera dichoso de haber tocado el cielo y desgraciado sí, porque había vuelto a la tierra, que él mismo había provocado la caída al querer alargar una relación fundada en lo efímero, pero, amigo mío, de eso se trata. Quién sabe si volverás a echarte a volar cuando dobles esa esquina. Probablemente, ese fuera el problema, que andaba siempre buscando tras las esquinas que apareciera otro relámpago, sí otro, porque el mismo sabía que sólo era recuperable en el recuerdo, ya infectado de melancolía y de la grandilocuencia con la que el tiempo reviste nuestras vivencias. Así que sí, que tendría que buscar otro destello de felicidad, pero coño, hacía tanto que no se lo cruzaba, que ya se había dedicado sólo a doblar las esquinas de las servilletas en los bares donde se entregaba a la feliz derrota de la comodidad cotidiana de la que tan poco podía quejarse.
Maldita sea, tendría que haber pedido otro gintonic. Sofocante esa noche en la que ya la terrible amenaza de tener que entrar en una dialéctica reprobatoria consigo mismo empezaba a agobiarle. Se le encendió una luz, y no era un relámpago de recuerdo, no, era la pura metáfora del que tiene una idea. Descolgó el teléfono y llamó a Marina. La invitaría a un bar y luego quién sabe, tal vez tuviera algo para recordar, aunque no fuera a quitarle el sujetador, total, para qué.
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