A la certidumbre de las tres de la mañana no la salva la duda ilusa de las siete de la tarde. Y ni siquiera viendo en el parque a los niños jugar uno se libra de las derrotas, y ni siquiera por unos instantes es capaz de librarse de todos los pensamientos que conducen a las heridas abiertas, esas que alguien le dijo que quiso cerrar aún teniéndolas abiertas, que quiso cerrar sola cuando nadie más miraba, porque para algo se las había hecho yo misma. Inevitable, seguir haciéndose daño a las tres de la madrugada cuando la saliva sabe a noches lúgubres no a cristales de bohemia, cuando se conoce demasiado, y se prefiere ser un ignorante que no tiembla al ver la vida pasar y ver como todo se queda atrás, cuando uno quisiera seguir fingiendo ser el ilusionista que espera a que el niño baje del tobogán como si la única curva que le importara en ese momento fuera esa, como si no recordara la curva de los labios que besó o de las lágrimas que surcan las mejillas cuando nadie puede preguntar por qué, cuando no vale seguir diciendo que aquí no pasa nada.
A la certidumbre de las tres de la mañana no hay corazón que la consuele, por eso se ampara en sí misma, porque es lo único que nunca podrá fallarle, sus propias lágrimas, su pose de quien espera a que los niños bajen del columpio y todos volvamos a casa a cenar, con miedo a pasar la media noche. Con miedo a volver a la ciudad que hace un tiempo fue la cicatriz de todas las heridas y en la que ya no se puede ser ni iluso ni ilusionista. Los niños siguen en el parque y mañana siempre será otro día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario