Se llamaba Caín y no era el hermano malo. Fue castigado siete veces y nunca supo por qué. Era una marioneta más en aquel juego de "quizás", de "podría ser", de "pasese mañana" en el que siempre se le enredaban los hilos a la espera de salir a la actuación. Siete veces expulsado de siete empleos diferentes, siete veces en la calle. Siete veces castigado al destierro mientras los Abeles paseaban vestidos de trajes de chaqueta y futuros de intereses a tantos por ciento.
Caín solo era un más en los soportales y ahora los Abeles, que siempre habían tenido su ganado destinado desde el principio y la aprobación de Dioses vestidos de chaquetas que recibían ofrendas a modo de recibos, pasaban a su lado y lo miraban de soslayo.
Caín reclamaría su parte.
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