Si se dormía la siesta se despertaba de mejor humor. Se olvidaba de la mañana, de los recién despertares en los que un día más se le hacía un día menos, de los amigos que buscaban enemigos constantes, de las utopías ajenas, del entusiasmo de los desentusiasmados, de su desgana enlatada, de las palabras que le sabían a paja, de la aguja en la lengua, de los "espérame" de doña esperanza, de los grandes supermercados de sentimientos y de los mercadillos de vanalidades, de los que mandaban sin mandarse a sí mismos, de los que se quejaban de los pies sobre los que se apoyababan cada día, de los antisistema y de los fieles a las normas, de los que pensban que todo estaba arreglado y de los que se engañaban. Sobre todo se olvidaba de su yo, y después, se olvidaba de levantarse.
Sonó la alarma. Quedaba toda la tarde para despertarse. La tarde prometía algo más que un sueño. Quizás.
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