Hay historia de amor que auguran despropósitos que a ciencia cierta no sé decirte, pero ahí están. Pobres historias de amor que naufragan desde la naves de los locos en ríos de anís y cerveza de un supermercado con nombre francés. Hay historias que tienen en los labios el nombre del enero y se saben ya pertenecientes a un futuro que no existe. Las hay, y no sé decirte exactamente porqué, hundidas desde el primer día en el que aprenden a flotar. ¡Pobres historias de amor, (des)amor, amor, amor! Desdichadas, que no os vale un te quiero en la boca de un valls. Protagonistas, siempre, de las mejores novelas jamás escritas, incluso cuando son sueños de la ficción y tienen a Dulcinea como madre superiora. Víctimas de vuestras propias expectativas dramáticas que desde que nacéis venís anunciando los últimos tiempos, los que se pierden entre promesas, copas sin carmín y contrabando de deseos. Versiones, al fin y al cabo, del mismo final. Vosotras que nunca habéis escarmentado en cabeza de los ajenos - desde hace mucho- dioses clásicos ni de los personajes más profundos de un novelón decimonónico, ni siquiera en los ojos de los hombres blanquinegros que se tragan sus lágrimas en una peli de Hollywood. Ay, ay, ay, tomad este valls. Y morid con él.
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