sábado, 18 de enero de 2014
Como un aullido interminable
Suena música de un piano lejano, tan lejano que no sé en qué época lo compondría ese señor sonriente al que tantos admiran, tan lejano que no sé en qué estudio de grabación se hizo, tal vez en la ciudad más próxima, tal vez en París, tal vez en Nueva Zelanda o puede que en Utopía. La música sí, suena lejana y llega para serenar esos poros que se erizan a la luz de la lámpara de tu deshabitada mesita de noche sin que nadie pueda diagnosticar la razón aparente. Nadie y la música. Y esas notas que te rodean, y te engarzan el cuello sin la violencia que tiene la vida, sino con la fuerza suave del abrazo que sostiene después de la expresión voraz de la lágrima; y que nadie vino a darte.
martes, 19 de noviembre de 2013
Si siempre vamos a escribir sobre lo mismo tal vez deberíamos dejar de escribir. Si siempre nos vamos a ahogar en las mismas palabras, ya es hora de que nos estrangulen por última vez. Hay laberintos que no tienen salidas, porque todas las cerramos nosotros mismos con muros inventados de jodidas excusas para no poder siquiera golpearlas a patadas. Igual la tal alegría es una puta que sale los fines de semana con la idiota de la esperanza y acaban jodidas siempre en el mismo laberinto de su propia cobardía.
martes, 1 de octubre de 2013
Yo que....
Imaginé mil formas de escapar sentada siempre en el mismo banco viendo como el mundo pasaba por delante de mí. Yo que reinventé mi ciudad con las manos llenas de escombros, abdico de mi reino, de mis calles, de mis piedras, del anhelo y de aquello que nos dio por llamar ilusión, renuncio también a todas las palabras que salen por mi boca en octubre. Acepto estas carencias y aquella canción de Love of lesbian que sonaba en la Traviata. Asiento ante el declive de los palacios que nos vieron ser felices y comento como haría cualquier otro que tanta soledad solo puede dar lugar a un final de cerrojo y telaraña o sala de conferencia llena de desgana, tal vez, incluso se preste a un recuerdo al que serle infiel a ratos. Afirmo que me sentí capaz cuando bajaba por Pizarro y que amé cada una de las piedras que hoy me agotan. Solicito la dimisión de estos ojos que no callan cuando tienen que hacerlo. De forma consciente confieso ser una creyente del declive de todos los lugares y personas. Admito que nadie es imprescindible pero entre dientes, porque para algo llevamos la nostalgia como bandera. No niego que fui dueña de una plaza que me mira con sarcasmo y de un montón de ilusiones que me miran de forma pueril buscando quien las tutele. Lo siento, esta es una carta de dimisión y una solicitud de intenciones biensonantes. Puedes dejarla en el montón. Yo lo haría.
viernes, 20 de septiembre de 2013
Serestar
Echaba de menos incluso la locura ajena porque era la que la mantenía alejada de la propia. Echaba de menos tantas cosas que a menudo menospreciaba, extrañaba, incluso, la sensación de la nostalgia, la de vacío, la de plenitud y la de malestar con un toque agridulce. Echaba de menos tanta palabra barata y la búsqueda de la precisión, de la palabra que arraigara en un momento concreto. Vivía como se ha de vivir, sin toparse con la putrefacción que uno acarrea, sabiendo que ahí estaban los vicios, los complejos, las soledades, las galerías inhóspitas y toda esa poesía deformada en la punta de la lengua, ahí estaban todos los resquicios de las noches desquiciantes. Y allí estaban los valientes, los que habían cogido un avión a Italia, los que habían hablado de vocación, los que habían arriesgado, los que habían pronunciado que "no" queriendo de verdad decir que "no" y los que habían dicho que "sí" a sabiendas de que irían al precipicio. Encontraba perfectamente, o al menos, los días de más provechosos, donde estaban lo de allí y donde lo de aquí. Y ella, suponía, pensaba ser en medio para ir a comprar el pan, para salir a pasear, para ser tierna, para ser lectora de media noche, para ser realista, para ser ilusa de ratos , para ser consejera, para desoír las buenas intenciones, para vivir, para ser, sin confirmar nunca que aceptamos el precipicio pese a encontrarnos en él, para seguir diciendo que no cuando se quiere decir que sí, para seguir entregándose a la feliz nostalgia de aquello que dejamos que se vaya por la inercia del tiempo...
Por eso echaba de menos las cuatro paredes donde la soledad no había sido obligada sino forjada a base de recortes de revista de las tardes perdidas esperando a que pasara tanta tormenta en la memoria. Por eso la locura de las tres de la mañana de cualquiera dispuesto a sincerarse era una forma perfecta de escapar de la ubicación de la insoportable levedad del ser, de dejarse de dudas infinitas o aleatorias, para dejar durante un rato de pensar que se era, para simplemente estar.
jueves, 18 de julio de 2013
De ilusos e ilusionistas
A la certidumbre de las tres de la mañana no la salva la duda ilusa de las siete de la tarde. Y ni siquiera viendo en el parque a los niños jugar uno se libra de las derrotas, y ni siquiera por unos instantes es capaz de librarse de todos los pensamientos que conducen a las heridas abiertas, esas que alguien le dijo que quiso cerrar aún teniéndolas abiertas, que quiso cerrar sola cuando nadie más miraba, porque para algo se las había hecho yo misma. Inevitable, seguir haciéndose daño a las tres de la madrugada cuando la saliva sabe a noches lúgubres no a cristales de bohemia, cuando se conoce demasiado, y se prefiere ser un ignorante que no tiembla al ver la vida pasar y ver como todo se queda atrás, cuando uno quisiera seguir fingiendo ser el ilusionista que espera a que el niño baje del tobogán como si la única curva que le importara en ese momento fuera esa, como si no recordara la curva de los labios que besó o de las lágrimas que surcan las mejillas cuando nadie puede preguntar por qué, cuando no vale seguir diciendo que aquí no pasa nada.
A la certidumbre de las tres de la mañana no hay corazón que la consuele, por eso se ampara en sí misma, porque es lo único que nunca podrá fallarle, sus propias lágrimas, su pose de quien espera a que los niños bajen del columpio y todos volvamos a casa a cenar, con miedo a pasar la media noche. Con miedo a volver a la ciudad que hace un tiempo fue la cicatriz de todas las heridas y en la que ya no se puede ser ni iluso ni ilusionista. Los niños siguen en el parque y mañana siempre será otro día.
viernes, 28 de junio de 2013
Todo lo que puede producir no beberse otro gintonic más
Tendría que haberse echado otro gintonic. Joder, no había quien conciliara el sueño con tanta sobriedad. Y no era su propia sobriedad, era la del ambiente, la de ese seco julio que ya empapaba de deslizante sudor las sienes. Sienes, le recordaba a senos, pero, por supuesto, la primera palabra no le gustaba tanto. Prefería pensar en el sudor deslizándose por los senos de una mujer, pero tenía que hacer un esfuerzo de imaginación más que de la memoria, porque apenas tenía recuerdos de esa imagen. Era bonita, sin duda, sensualmente provocadora en esa noche tan áspera. Sin embargo, de repente llegó el relámpago, la luz del pretérito acosándole entre las sienes, y no, no tenía nada que ver con el sudor. Era la luz de un perfume, de un instante que creía evaporado entre los surcos de las vacilantes estaciones de los años pasados sin prisa pero sin pausa, perdido ya en las profundidades de otras bocas más ardientes, de otros labios que habían trazado distintos caminos por su piel.... y sin embargo, de ellas, de las otras, de las volátiles aunque duraderas, incluso muy duraderas y con afán de futuro algunas, de ellas no recordaba ese instante en el que el deseo se vuelve líquido en los pechos de una mujer, en el que la pasión se derrama con la ferocidad de un torrente bajando por la ladera en plena tormenta. Pero de ella, de aquel nombre en cuyas inmediaciones había creído caer al abismo, sí se acordaba, y con mucha más nitidez de la que creía, de la que le gustaría, con una nitidez que le erizó la piel más que el poder de su imaginación. Joder, ahora le dolía la cabeza y, era por ese relámpago de pasado. Alguien, un buen amigo, sin duda, le había dicho que era un exigente, que ese era su maldito problema, que qué le costaría contentarse con lo que había y dejarse ya de esperar a la plenitud, de querer recuperar aquel éxtasis del que hablaba en susurros cuando estaban borrachos. Que la vida no iba de eso, por dios, que la vida eran pequeños instantes, y que se sintiera dichoso de haber tocado el cielo y desgraciado sí, porque había vuelto a la tierra, que él mismo había provocado la caída al querer alargar una relación fundada en lo efímero, pero, amigo mío, de eso se trata. Quién sabe si volverás a echarte a volar cuando dobles esa esquina. Probablemente, ese fuera el problema, que andaba siempre buscando tras las esquinas que apareciera otro relámpago, sí otro, porque el mismo sabía que sólo era recuperable en el recuerdo, ya infectado de melancolía y de la grandilocuencia con la que el tiempo reviste nuestras vivencias. Así que sí, que tendría que buscar otro destello de felicidad, pero coño, hacía tanto que no se lo cruzaba, que ya se había dedicado sólo a doblar las esquinas de las servilletas en los bares donde se entregaba a la feliz derrota de la comodidad cotidiana de la que tan poco podía quejarse.
Maldita sea, tendría que haber pedido otro gintonic. Sofocante esa noche en la que ya la terrible amenaza de tener que entrar en una dialéctica reprobatoria consigo mismo empezaba a agobiarle. Se le encendió una luz, y no era un relámpago de recuerdo, no, era la pura metáfora del que tiene una idea. Descolgó el teléfono y llamó a Marina. La invitaría a un bar y luego quién sabe, tal vez tuviera algo para recordar, aunque no fuera a quitarle el sujetador, total, para qué.
domingo, 9 de junio de 2013
Que me quedo en mí con todas mis revueltas
Hemos sido unos traidores de nuestras promesas, de nuestras buenas intenciones pero que no nos sentimos mal. Hemos cambiado y hemos hecho el último reproche a la culpa. Tal vez eso tenga mucho que ver con esta sensación de estar liviano y de haber dado media vuelta antes de caer al precipicio o de haber caído pero estar tan abajo que ya es imposible sentir el peso de la gravedad sobre la columna vertebral y todo se ha desvertebrado en el puro sentido de estar conforme con lo dicho, con lo hecho. Y no arrepentirnos más que de tener tanta verdad en los ojos que no se puede disimular, y qué vamos a hacer si somos los sinceros vividores de siempre. Los sinceros amantes de siempre. Los que se llevaron mañanas en las noches poéticas, los que se llevaron literatura en las lágrimas desprendidas, los que se embadurnaron los hoyuelos de la sonrisa de esas sorpresas que te da la vida, de esas vueltas, de esas idas y venidas. Y espérate que yo me quedo en mí, y que me quede en mí con todas mis revueltas. Y espérame que me he dado cuenta de eso momentáneamente y de que han sido los días vividos y los no vividos los que nos han amarrado a saber durante un rato lo que queremos, lo que quisimos lo que querré.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
...miraremos lejos