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Típica utópica.

viernes, 25 de abril de 2014

Versiones de un mismo final

Hay historia de amor que auguran despropósitos que a ciencia cierta no sé decirte, pero ahí están. Pobres historias de amor que naufragan desde la naves de los locos en ríos de anís y cerveza de un supermercado con nombre francés. Hay historias que tienen en los labios el nombre del enero y se saben ya pertenecientes a un futuro que no existe. Las hay, y no sé decirte exactamente porqué, hundidas desde el primer día en el que aprenden a flotar. ¡Pobres historias de amor, (des)amor, amor, amor! Desdichadas, que no os vale un te quiero en la boca de un valls. Protagonistas, siempre, de las mejores novelas jamás escritas, incluso cuando son sueños de la ficción y tienen a Dulcinea como madre superiora. Víctimas de vuestras propias expectativas dramáticas que desde que nacéis venís anunciando los últimos tiempos, los que se pierden entre promesas, copas sin carmín y contrabando de deseos. Versiones, al fin y al cabo, del mismo final. Vosotras que nunca habéis escarmentado en cabeza de los ajenos - desde hace mucho- dioses clásicos ni de los personajes más profundos de un novelón decimonónico, ni siquiera en los ojos de los hombres blanquinegros que se tragan sus lágrimas en una peli de Hollywood. Ay, ay, ay, tomad este valls. Y morid con él. 

domingo, 6 de abril de 2014

5días

A 5 días de un fin anunciado entre los colores de un calendario que he perdido y al que nunca le sigo la pista, me pregunto hace cuánto tiempo viví ya el fin de una etapa que no sé con cuánta gloria ha dejado su pena, o con cuántas penas ha marcado su gloria. Ni siquiera sé si ese fin al que apunta el color rojo -o tal vez el naranja- marca de verdad algo más significativo que unos arábigos caracteres que indican ese número  con tan supersticiosas connotaciones  como el "11". Llegará el viernes y pasará otro día y no sé cuántos más hasta que llegue el gran día de las bufandas azules  y después el de los jurados por examinar algo que se hizo a destiempo y con interés de a ratos. Y después... después... un vacío de nubes donde no hay birretes que lanzar al cielo.
Los cuervos son más negros cuando los dibuja Lorca que cuando regalamos libros de Edgar Allan Poe, o eso creíamos antes de que el despertador de las ocho nos hiriera los tímpanos y lo pospusiéramos cinco minutos, otro cinco minutos y otros cincuenta más.  La semiótica es más complicada que el código de circulación; nos lo enseñó una buena profesora después de que los LC se parara en sus rojos correspondientes, llenos de gente que dormita y suspira sin saber siquiera que debe de existir también un código de bostezos. El estilo indirecto libre es más libre en la Regenta que en las conversaciones destripadoras sobre el compañero de atrás o de delante. Los buenos profesores eran los mejores en el Instituto Libre de Enseñanza aunque tuvieran que emigrar porque señores bajitos llevaban el pan debajo del brazo, y ahora los buenos profesores-que tienen muchos estudios que podéis consultar por un módico precio- hablan y blablasean en sus pizarras mientras otros cogen su petate y se marchan con su música a otra parte porque aquí ya no hay sitio para más- o eso dicen desde los despachos vacíos a las horas de los cafeses. El HTML esmás productivo que tus dibujos de ojos que lloran palabras o eso pensaba antes de entender que había otra universidad entre tus garabatos. Los alumnos extranjeros son más extranjeros todavía después de una clase de ELE porque, lo hemos aprendido bien, tenemos culturas muy distintas pero una sonrisa y unas tarjetas de colores siempre ayudan, más incluso que mezclarse con dulces de leche y pasta al estilo de Baviera. Los despachos son más despachos cuando no hay cartel que indique que vuelva usted mañana y se pueden consultar las notas de exámenes que suben en aras del progreso. Lo que nunca sabremos es si seremos mejores graduados cuando estemos en clase o cuando salgamos a leer a los parques donde no se convocan ruedas de prensa. Eso sí, puedo asegurar que los mejores poemas de amor no aparecieron tras la luz de un proyector sino que se siguen leyendo entre las piedras de San Jorge o en la almohadas de todos nuestros amantes.

Los cuervos de Lorca siguen siendo muy negros y de su pico sale una multitud que vomita títulos universitarios. No sé aún de qué color acaba esta semana  pero esta mañana me detuve al lado de un cono - no sé si naranja o rojo- y mi sombra me pareció igual de difusa que la de hace cuatro años pero un poquito más alta y más cercana a la  de otras sombras y a la de otros cuerpos que nos alcanzaron con los dedos.

sábado, 18 de enero de 2014

Como un aullido interminable

Suena música de un piano lejano, tan lejano que no sé en qué época lo compondría ese señor sonriente al que tantos admiran, tan lejano que no sé en qué estudio de grabación se hizo, tal vez en la ciudad más próxima, tal vez en París, tal vez en Nueva Zelanda o puede que en Utopía. La música sí, suena lejana y llega para serenar esos poros que se erizan a la luz de la lámpara de tu deshabitada mesita de noche sin que nadie pueda diagnosticar la razón aparente. Nadie y la música. Y esas notas que te rodean, y te engarzan el cuello sin la violencia que tiene la vida, sino con la  fuerza suave del abrazo que sostiene después de la expresión voraz de la lágrima; y que nadie vino a darte.

martes, 19 de noviembre de 2013

Si siempre vamos a escribir sobre lo mismo tal vez deberíamos dejar de escribir. Si siempre nos vamos a ahogar en las mismas palabras, ya es hora de que nos estrangulen por última vez. Hay laberintos que no tienen salidas, porque todas las cerramos nosotros mismos con muros inventados de jodidas excusas para no poder siquiera golpearlas a patadas. Igual la tal alegría es una puta que sale los fines de semana con la idiota de la esperanza y acaban jodidas siempre en el mismo laberinto de su propia cobardía.

martes, 1 de octubre de 2013

Yo que....

Imaginé mil formas de escapar sentada siempre en el mismo banco viendo como el mundo pasaba por delante de mí. Yo que reinventé mi ciudad con las manos llenas de escombros, abdico de mi reino, de mis calles, de mis piedras, del anhelo y de aquello que nos dio por llamar ilusión, renuncio también a todas las palabras que salen por mi boca en octubre. Acepto estas carencias y aquella canción de Love of lesbian que sonaba en la Traviata. Asiento ante el declive de los palacios que nos vieron ser felices y comento como haría cualquier otro que tanta soledad solo puede dar lugar a un final de cerrojo y telaraña o sala de conferencia llena de desgana, tal vez, incluso se preste a un recuerdo al que serle infiel a ratos. Afirmo que me sentí capaz cuando bajaba por Pizarro y que amé cada una de las piedras que hoy me agotan. Solicito la dimisión de estos ojos que no callan cuando tienen que hacerlo. De forma consciente confieso ser una creyente del declive de todos los lugares y personas. Admito que nadie es imprescindible pero entre dientes, porque para algo llevamos la nostalgia como bandera. No niego que fui dueña de una plaza que me mira con sarcasmo y de un montón de ilusiones que me miran de forma pueril buscando quien las tutele. Lo siento, esta es una carta de dimisión y una solicitud de intenciones biensonantes. Puedes dejarla en el montón. Yo lo haría.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Serestar

Echaba de menos incluso la locura ajena porque era la que la mantenía alejada de la propia. Echaba de menos tantas cosas que a menudo menospreciaba, extrañaba, incluso, la sensación de la nostalgia, la de vacío, la de plenitud y la de malestar con un toque agridulce. Echaba de menos tanta palabra barata y la búsqueda de la precisión, de la palabra que arraigara en un momento concreto. Vivía como se ha de vivir, sin toparse con la putrefacción que uno acarrea, sabiendo que ahí estaban los vicios, los complejos, las soledades, las galerías inhóspitas y toda esa poesía deformada en la punta de la lengua, ahí estaban todos los resquicios de las noches desquiciantes. Y allí estaban los valientes, los que habían cogido un avión a Italia, los que habían hablado de vocación, los que habían arriesgado, los que habían pronunciado que "no" queriendo de verdad decir que "no" y los que habían dicho que "sí" a sabiendas de que irían al precipicio. Encontraba perfectamente, o al menos, los días de más provechosos, donde estaban lo de allí y donde lo de aquí. Y ella, suponía, pensaba ser en medio para ir a comprar el pan, para salir a pasear, para ser tierna, para  ser lectora de media noche, para ser realista, para ser ilusa de ratos , para ser consejera, para desoír las buenas intenciones, para vivir, para ser, sin confirmar nunca que aceptamos el precipicio pese a encontrarnos en él, para seguir diciendo que no cuando se quiere decir que sí, para seguir entregándose a la feliz nostalgia de aquello que dejamos que se vaya por la inercia del tiempo...
Por eso echaba de menos las cuatro paredes donde la soledad no había sido obligada sino forjada a base de recortes de revista de las tardes perdidas esperando a que pasara tanta tormenta en la memoria. Por eso la locura de las tres de la mañana de cualquiera dispuesto a sincerarse era una forma perfecta de escapar de la ubicación de la insoportable levedad del ser, de dejarse de dudas infinitas o aleatorias, para dejar durante un rato de pensar que se era, para simplemente estar.

jueves, 18 de julio de 2013

De ilusos e ilusionistas

A la certidumbre de las tres de la mañana no la salva la duda ilusa de las siete de la tarde. Y ni siquiera viendo en el parque a los niños jugar uno se libra de las derrotas, y ni siquiera por unos instantes es capaz de librarse de todos los pensamientos que conducen a las heridas abiertas, esas que alguien le dijo que quiso cerrar aún teniéndolas abiertas, que quiso cerrar sola cuando nadie más miraba, porque para algo se las había hecho yo misma. Inevitable, seguir haciéndose daño a las tres de la madrugada cuando la saliva sabe a noches lúgubres no a cristales de bohemia, cuando se conoce demasiado, y se prefiere ser un ignorante que no tiembla al ver la vida pasar y ver como todo se queda atrás, cuando uno quisiera seguir fingiendo ser el ilusionista que espera a que el niño baje del tobogán como si la única curva que le importara en ese momento fuera esa, como si no recordara la curva de los labios que besó o de las lágrimas que surcan las mejillas cuando nadie puede preguntar por qué, cuando no vale seguir diciendo que aquí no pasa nada. 

A la certidumbre de las tres de la mañana no hay corazón que la consuele, por eso se ampara en sí misma, porque es lo único que nunca podrá fallarle, sus propias lágrimas, su pose de quien espera a que los niños bajen del columpio y todos volvamos a casa a cenar, con miedo a pasar la media noche. Con miedo a volver a la ciudad que hace un tiempo fue la cicatriz de todas las heridas y en la que ya no se puede ser ni iluso ni ilusionista. Los niños siguen en el parque y  mañana siempre será otro día. 



...miraremos lejos