La poesía se ha corroído en mi boca mientras tú dedicas poemas a tu esperanza. La tinta está reseca en las heridas de una ingenuidad consciente del deseo, y de su derrota. Corazón que no tiene latidos para hacer una declaración de guerra. Cuerpo forzado a la alegría y podrido en la mirada. No soy eso. No soy más que un "he sido" y "un seré". Pero ahora no, ahora está- y estar siempre es transitivo-la incertidumbre de creer en un todavía que, sin embargo, se vacía y tiende a un nunca, y está, también la melancolía aferrándose a la ciudad que mira con nostalgia en los paseos que se están reinventado. Y estamos vivos, confiados en los detalles y en las profundidades de una taza de té; y sonrientes por la mirada de una niña que nos ancla al mundo, cuando ya el arte se ha negado a hacerlo, porque tiene horizonte y el derecho y la obligación de seguir siendo arte.
A todos mis fines del mundo, le dedico mis días ilusos, mis noches de sucedáneos.
¿Viste? Soy la mano pasando por la barandilla del presente y clavándome la astilla, estas escaleras remordidas no llevan a ninguna parte, por eso aquella vieja se bajó de su furgoneta y le dijo al stripper que cuando el presente no era tu sitio tenías que ampararte en el pasado o proyectarte al futuro, y que cuando tuvieras un gran día, te aferraras a él, lo mordieras o lo pintaras. Y yo tuve esos días, y a veces a mí se me ocurrió pintar el cielo de una ciudad que ya se cobijaba en el suyo propio, pero yo tenía pinturas y aquella ciudad era arte. En alguna esquina sin testigo, se quedaron aquellos dibujos de poemas llenos, tuvimos la cobardía de perderlos y la valentía de no volver a buscarlos. La valentía, dicen, de sonreír, como si la comodidad solo fuera eso, y el girar la boca al suelo y derramar el corazón por los ojos, no fuera parte de la felicidad.
Reinvidico aquí y ahora mi coraza, mi esquina de soledad, mis despistes, mis carencias, mi ventana con vistas a un muro y el sonido de mis pasos, porque es lo único que puede salvarme. Reinvidico nos ser víctima de nada ni culpable, reivindico todo lo que no he sido y que puedo llegar a ser después de tanta palabra rota. Escupo o quiero escupir noches en velas e incertudembres ajenas, escupo y simplifico la vida rompiendo verso a verso cada poema. Ya hemos ido dejandonos la piel en los años pasados, ahora es el tiempo del cuerpo que entrega cariño en fascículos y no da más de lo que está dispuesto a recibir. Ahora es el tiempo de engañarnos y escribir que nada importa demasiado excepto nosotros mismos. Ahora que no son horas. Ahora que tenemos la certeza no deseada y malparida de saber que todo estaba decidido pero que nos habíamos dedicado a quemar lo que siempre habíamos deseado hacer. Exprimo mi odio, y le desnudo de caricias de amores completos. Reivindico ahora mi coraza y mi mundo de cosas, que no tienen otro nombre, comunes. Grito mi amor a la tierra y a la forma desdentada de leer poemas a la luna que sólo tiene ella, porque marca aquello que fuimos y la ilusión de lo que será. Pero yo reivindico mi coraza, dejando un resquicio para su sonrisa.
A racimos viene esta jaula de grillos tóxicos. En mordiscos de rencor oxidado que contagian la rabia que se cura, momentáneamente, con portazos y encierros en los socorridos lugares de huida que alguna vez también fueron la cárcel de alguien. Vamos a hurgar siempre en las mismas carencias. Puro egoísmo de esta sangre incomprensiva y de estos ojos que no ven más que enemigos en territorio de bandera blanca, a dónde vamos a enterrar nuestras rutinas si ya sabemos que lo único que las puede salvar es el silencio de ignorarnos.
Ya no escribes porque dices que has perdido el don de la palabra, y yo te miro como siempre desde el otro lado del espejo empañado, cuando sales de la ducha y te miras como si nadie más pudiera mirarte y en realdiad, nadie más puede hacerlo. Seriedad vaporosa del vaho de una noche de noviembre. Te contemplas como tantos otros que se buscan en el espejo, pero en realdiad tú no tienes intención de descrubrirte ni te cuestionas durante más de un minuto si tanto has cambiado y sí quién está ahí enfrente eres verdaderamente tú. Sabes que sí pero también sabes que no. Sabes que te gustaría verte como tú te piensas. Ojalá me vieras como me pienso, le dijiste alguna vez a un amor que tiene artículo propio y para tus días de realidad y de vacío, definido, definido en el tiempo. Ya no escribes, ni hablas de amores propios, pero sí del amor propio y exhalas el vapor de ego sobre el cristal, al fin y al cabo en él sí te ves reflejada. Anda, y deja los anhelos, el vaho y la hache intercalada porque nadie la escucha y sólo tiene la presencia de los esencialistas y de los ilusos. Anda, y escribe unas letras que suenen y una vida que no se volatilice al soplarla.
Te empeñaste en pintar en las paredes, y yo me empeño en leerlas. Sigo aquí sin escribir más de dos líneas seguidas, porque hace tiempo que la vida se convirtió en una serie de sucedáneos,en la que la esencia parece haberse dormido en construcciones de piedras que hablan en otro idioma. Mis piedras, sin embargo, siguen perennes en esta ciudad parada y me acompañan en reuniones a las que por aburrimiento y miedo llego puntual, aunque normalmente no tengo adonde ir por eso normalmente busco resquicios de cotidianidad donde vaciarme de mí misma. A veces, juego a las ilusiones de infancia y me encuentro de frente conmigo misma en las ventanas con vistas a un muro, entonces, durante un rato me reconclio con mi soledad.
Los días pesan cuánto más se vacían, eso ya lo saben muchos y como dijo un hombre, al que tú leías en terrazas de verano que pronosticaban días de vino y rosas,y que acabó cegándose él mismo a la vida "la valentía no es más que la elegancia a presión". La elegancia se tiene no se adquiere, y yo sigo en la vida con la ropa de andar por casa, pero, a veces, hay que levantar el cuerpo contra todo pronóstico y vencer los días. La soledad no es tan mala ni tan puta si se viste con ropas de domingo.
El ego es un consuelo cuando la nostalgia araña cada segundo y el amor también se ha cegado a la vida, suicidándose o matándose lentamente, quién sabe lo que pueden pesar los cuerpos cuando se toman por muertos sin estarlo realmente.
Al final solo queda el recuerdo y un montón de cenizas guardadas en una lágrima de lo que un día llamamos felicidad.